Yo soy de los que mueren solos, de los que mueren
de algo peor que vergüenza.
Yo muero de mirarte y no entender.
Rosario Castellanos
Con estas palabras Esmeralda inició nuestra conversación. Ayer en la noche, muy muy
noche, logramos reunirnos Esme, Abril y yo en el Samborn’s de “las cucas”. Así le llamamos
al primer Samborn’s de la Plaza Río.
Hace días descubrimos que “todos los días sucede ALGO” que llega a revolcar nuestras
emociones. A veces damos tregua a la batalla diaria contra el recuerdo. A veces nos
ocupamos del presente y de aquello que traspasa los límites de nuestro cuerpo, como
ayer que amarramos un par de proyectos y hablamos del futuro de las mujeres de 30,
32 y 33 años. Hay cosas que no decimos pero que quedan sobre la mesa.
“Soy de otra orilla”, Rosario Castellanos, le contesté a Esme. Sí, estas líneas
me encantaron, dijo. Sé que desde que leí este poema, Agonía fuera del muro,
soy de otra orilla. Soy de otra orilla y me reí. Este fue mi primer acercamiento con
el feminismo, contesté. Abril se me quedó viendo fijamente por un instante. De ese
acto no se derivó palabra alguna. Los actos silenciosos de Abril de vez en cuando
tienen como consecuencia dejar pensando a la Miriam. Esta vez me detuve en mi
feminismo de mediados del siglo XX. De inmediato me acordé que Gaby Torres me
recomendó leer un libro sobre King Kong (The King Kong Theory), de los blogs de
Eve Gil y de la Lore Mancilla.
Pienso:
. Sí, reconozco que la desigualdad entre hombres y mujeres continúa siendo un
reto. Me ocupa.
. Que los ismos no me interesan. Trabajo y confío en la congruencia entre la palabra
y la vida cotidiana. Bien difícil.
. Definitivamente debo seguir leyendo.
. Me sigue gustando Rosario Castellanos.
[ Interrupción. Continúo con mi diálogo interno en lo que llego a mi casa. Hago una
pausa para estacionarme y sigo escribiendo en el carro. No, en el carro no funcionó.
Me bajé en el Samborn's de La Revu. Tenía que escribirlo antes de que se me
olvidara como siempre. ]
Hoy en el taller del Yepez analizamos el asunto del ego en los escritores y las barreras
que éste construye a través de los años (fue muy divertido por cierto). Desde ahí
brincaron dos temas: el género y el feminismo en la escritura: el silencio en las mujeres
como problema histórico y su impacto en la literatura, en la filosofía… en el mundo.
Nos sugirió un par de obras: The novel of the future, de Anaïs Nin y La confesión,
de María Zambrano.
Siempre hay alguien que te recomienda leer algo. Las morras también me dijeron (un día
una, otro día otra y así) que tenía que leer a Alejandra Pizarnik. La Charla siempre me
sugirió leer una larga lista de autoras. Así que todas tenemos nuestras autoridades. Yo,
que entre mis aptitudes destaco la de leer blogs, últimamente leo a Sylvia Aguilar, a
Margarita Valencia, a Josefa Isabel Rojas Molina, a Abril Castro, a Paloma González
y varias más. Aprendo y descubro formas de sobrevivencia.
Hace tiempo que sólo leo aquello que me resulta necesario. Lo necesario es lo que me
sirve para resolver(me), para buscar respuestas. Diría un compita que son demasiadas
mis preguntas. Yo siempre me pregunto ALGO. Varios años atrás decidí dejar de leer
para estar a la moda porque la vida es muy corta y mis preguntas urgentes: leo textos
donde me reconozco y crezco. Decidí seguir mi propia ruta. En “mis veintes” había que
leer a Fadanelli y al Rafa Saavedra, así, al mismo tiempo. Pensaba que seguramente yo
vivía en otro planeta, en él nunca me alcanzó el tiempo para leerlos.
Dos años atrás compré mis primeros números de Moho en una especial que hubo en la
librería Educal del Cecut y al Rafa lo empecé a leer cuando volví a Tijuana, lo conocí
y le tomé cariño. Pa que mentir. En aquel entonces mis preguntas me llevaron por
otro rumbo: Foucault, Gilberto Giménez, Zizeck, Vania Salles, Martha Lamas, Reguillo,
Todorov, Ginzburg… No en este orden, pero mis pasos recorrían otro universo.
Ahora estoy en un viaje distinto, atravieso calzadas llenas de emociones y mundos
fantásticos, en ellas descubro formas de vivir y ser diversas. Y sí, como dijo Gaby
en Hermosillo, no puedo dejar de leer como historiadora: en cada discurso reconozco
impresiones del tiempo, marcas del espacio y, desde luego, la experiencia vivida
diferenciada entre mujeres y hombres. Deseo comprender las huellas de nuestro paso
por el mundo. Nuestro instinto (asesino) de sobrevivencia.
Leo, pregunto y leo. Pregunto y leo.
o b s e r v o . e s c u c h o . tomo poder de mi invisibilidad.
Aquí les dejo algunos textos:
ROSARIO CASTELLANOS (1925-1974)
Agonía fuera del muro
Miro las herramientas,
el mundo que los hombres hacen, donde se afanan,
sudan, paren, cohabitan.
El cuerpo de los hombres prensado por los días,
su noche de ronquido y de zarpazo
y las encrucijadas en que se reconocen.
Hay ceguera y el hambre los alumbra
y la necesidad, más dura que metales.
Sin orgullo (¿qué es el orgullo? ¿Una vértebra
que todavía la especie no produce?)
los hombres roban, mienten,
como animal de presa olfatean, devoran
y disputan a otro la carroña.
Y cuando bailan, cuando se deslizan
o cuando burlan una ley o cuando
se envilecen, sonríen,
entornan levemente los párpados, contemplan
el vacío que se abre en sus entrañas
y se entregan a un éxtasis vegetal, inhumano.
Yo soy de alguna orilla, de otra parte,
soy de los que no saben ni arrebatar ni dar,
gente a quien compartir es imposible.
No te acerques a mi, hombre que haces el mundo,
déjame, no es preciso que me mates.
Yo soy de los que mueren solos, de los que mueren
de algo peor que vergüenza.
Yo muero de mirarte y no entender.
Falsa Elegía
Compartimos sólo un desastre lento
me veo morir en ti, en otro, en todo
y todavía bostezo o me distraigo
como ante el espectáculo aburrido.
Se destejen los días,
las noches se consumen antes de darnos cuenta;
así nos acabamos.
Nada es. Nada está.
Entre el alzarse y el caer del párpado.
Pero si alguno va a nacer (su anuncio,
la posibilidad de su inminencia
y su peso de sílaba en el aire),
trastorna lo existente,
puede más que lo real
y desaloja el cuerpo de los vivos.
Revelación
Lo supe de repente:
hay otro.
Y desde entonces duermo solo a medias
y ya casi no como.
No es posible vivir
con ese rostro
que es el mío verdadero
y que aún no conozco.
Amanecer
¿Qué se hace a la hora de morir? ¿Se vuelve
la cara a la pared?
¿Se agarra por los hombros al que está cerca y oye?
¿Se echa uno a correr, como el que tiene
las ropas incendiadas, para alcanzar el fin?
¿Cuál es el rito de esta ceremonia?
¿Quién vela la agonía? ¿Quién estira la sábana?
¿Quién aparta el espejo sin empañar?
Porque a esta hora ya no hay madre y deudos.
Ya no hay sollozo. Nada más que un silencio atroz.
Todos son una faz atenta, incrédula
del hombre de la otra orilla.
Porque lo que sucede no es verdad.
ALEJANDRA PIZARNIK (1936-1972)
Sólo un nombre
alejandra alejandra
debajo estoy yo
alejandra
Tiempo
a Olga Orozco
Yo no sé de la infancia
más que un miedo luminoso
y una mano que me arrastra
a mi otra orilla.
Mi infancia y su perfume
a pájaro acariciado.
La Carencia
Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.
Piedra fundamental
No puedo hablar con mi voz sino con mis voces.
Sus ojos eran la entrada del templo, para mí, que soy errante, que amo y muero. Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche, hasta deshacerme desnuda en la entrada del tiempo.
Un canto que atravieso como un túnel.
Presencias inquietantes,
gestos de figuras que se aparecen vivientes por obra de un lenguaje que las alude,
signos que insinúan terrores insolubles.
Una vibración de los cimientos, un trepidar de los fundamentos, drenan y barrenan,
y he sabido dónde se aposenta aquel tan otro que es yo, que espera que me calle para tomar posesión de mí y drenar y barrenar los cimientos, los fundamentos,
aquello me es adverso desde mí, conspira, toma posesión de mi terreno baldío,
no,
he de hacer algo,
no,
no he de hacer nada,
algo en mí no se abandona a la cascada de cenizas que me arrasa dentro de mí con ella que es yo, conmigo que soy ella y que soy yo, indeciblemente distinta de ella.
En el silencio mismo (no en el mismo silencio) tragar noche, una noche inmensa inmersa en el sigilo de los pasos perdidos.
No puedo hablar para nada decir. Por eso nos perdemos, yo y el poema, en la tentativa inútil de transcribir relaciones ardientes.
¿A dónde la conduce esta escritura? A lo negro, a lo estéril, a lo fragmentado,
las muñecas desventradas por mis antiguas manos de muñeca, la desilusión al encontrar pura estopa (pura estepa tu memoria): el padre, que tuvo que ser Tiresias, flota en el río. Pero tú, ¿por qué te dejaste asesinar escuchando cuentos de álamos nevados?
Yo quería que mis dedos de muñeca penetraran en las teclas. Yo no quería rozar, como una araña, el teclado. Yo quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria. Pero la música se movía, se apresuraba. Sólo cuando un refrán reincidía, alentaba en mí la esperanza de que se abasteciera algo parecido a una estación de trenes, quiero decir: un punto de partida firme y seguro; un lugar desde el cual partir, desde el lugar, hacia el lugar, en unión y fusión con el lugar. Pero el refrán era demasiado breve, de modo que yo no podía fundar una estación pues no contaba más que con un tren salido de los rieles que se contorsionaba y se distorsionaba. Entonces abandoné la música y sus traiciones porque la música estaba más arriba o más abajo, pero no en el centro, en el lugar de la fusión y del encuentro. (Tú que fuiste mi única patria ¿en dónde buscarte? Tal vez en este poema que voy escribiendo.)
Una noche en el circo recobré un lenguaje perdido en el momento que los jinetes con antorchas en la mano galopaban en ronda feroz sobre corceles negros. Ni en mis sueños de dicha existirá un coro de ángeles que suministre algo semejante a los sonidos calientes para mi corazón de los cascos contra las arenas.
(Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.)
(Es un hombre o una piedra o un árbol el que va a comenzar el canto…)
Y era un estremecimiento suavemente trepidante (lo digo para aleccionar a la que extravió en mí su musicalidad y trepida con más disonancia que un caballo azuzado por una antorcha en las arenas de un país extranjero).
Estaba abrazada al suelo, diciendo un nombre. Creí que me había muerto y que la muerte era decir un nombre sin cesar.
No es esto, tal vez, lo que quiero decir. Este decir y decirse no es grato. No puedo hablar con mi voz sino con mis voces. También este poema es posible que sea una trampa, un escenario más.
Cuando el barco alternó su ritmo y vaciló en el agua violenta, me erguí como la amazona que domina solamente con sus ojos azules al caballo que se encabrita (¿o fue con sus ojos azules?). El agua verde en mi cara, he de beber de ti hasta que la noche se abra. Nadie puede salvarme pues soy invisible aún para mí que me llamo con tu voz. ¿En dónde estoy? Estoy en un jardín.
Hay un jardín.
[Fondo musical para bailar: Rubén Blades y Los Jubilados]