La otra noche fue una de esas de minutos largos y delirantes. Estábamos ahí sentados en la sala azul, que era azul-azul-azul. Por un lado estaba una lámpara muy chida y por el otro, un tipo tomándose una Pacífico. Después de la risa me hablaba cada vez más de cerca al oído y eso siempre me ha gustado. Yo no bebí ya nada porque me interesaba más seguir mirando que dormirme.
En ese mundo azul había un chingo de hombres, todos muy hombres, devoradores de palabras y de cuentos. Era un lugar habitado por declaraciones e intenciones reprimidas que no sé porque eran tan evidentes. Se arrebataban las palabras, se disputaban la mejor carcajada, se miraban apasionada y suavemente enfurecidos. Mientras uno levantaba su cerveza, otro anunció que un tipo tenía las nalgas más grandes, más duras y más buenas, las más increíbles de todas las nalgas de esa noche. ¿Qué círculo de aquellos siete era este? No lo sé, pero se jugaba con otros códigos, otros lenguajes fascinantes, otras reglas que no conozco en el mundo cherry.
Uno se llamaba Charly y como todos los Charlys que viven en esta ciudad estaba loco. Sus preguntas me retaban porque no lograba descifrar esa mirada que abiertamente veía mi escote mientras me hablaba con una sonrisa enorme y una voz como de canto: “tu piel es morena, tienes el cabello corto y los ojos claros, ¿quién eres?”. Resultaba tan confusa aquella imagen. Además, no estaba ahí sola, no llegué sola, no hablaba sola, pero eso, aparentemente, no tenía importancia. Bueno, pues este era un Charly; el otro, resultó ser todavía más extraño. Atravesó la puerta acompañado por una mujer muy guapa, sin embargo cada quien ocupó un espacio distinto en aquella sala. ¡Ah! ¡Esa es otra cosa! Las morras estaban guapas, pero tenían poca importancia como yo y más bien silencio o quizá sea mi falta de interés por las feminas. Eran ellos el centro de atención.
Cuando mi amigo se levantó, no sé si al baño o a comprar otra cerveza, el segundo Charly se acercó a pedirme un cigarro. Se acomodó rápidamente en el sillón y luego ya no se fue. Entonces comenzó el segundo interrogatorio que muy propia traté de responder: que si estudiaba, que si trabajaba, que si de dónde era, porque obviamente no era de aquí. Así, llegó la repuesta sobre mi ciudad de origen: Tijuana. Entonces su cara se iluminó como quien descubre una gran chingadera. “De Tijuana… con razón”. Y yo pensé: “¡Con razón qué pendejo!”, pero pues como soy muy propia le pregunté que él de dónde era porque también noté que no era de Hermosillo. Así que la leyenda negra de mi ciudad se antepone entre yo y mis recién conocidos. Me quedé pensando en la imagen de puta que vino a la mente de este cabrón y no pude evitar burlarme de su confianza recién ganada.
Ya cuando nos íbamos le dije al primer Charly que hasta luego y me extendió una de sus manos. Vi como su cuerpo era una liga estirada que pedía ayuda porque la otra estaba atrapada en las manos de un hombre que de rodillas le pedía un beso. “¡Sálvame!”, me dijo. Y yo pensé, ¡qué vergas, no es mi jale! Y digo vergas porque ese era el deseo principal de la noche y porque aquí esa palabra es como decir agua. Sepa hasta que horas se habrán quedado. Nosotros salimos como a las cuatro y hacía buen rato que ya no había cerveza.
Salí pensando, que mal pedo si querían besarse y no se besaron, si estaban a una nariz del otro, si comprendían lo que decían sus cuerpos, si volaban flores y colores los iluminaban. ¿Por qué transgredir a medias? ¿Para prolongar el deseo? ¿Por qué si todos deseaban lo mismo? ¿Por qué representamos personajes para los otros? ¿Por qué en menos de 24 horas tenemos que coger, dormir, soñar, olvidar y volver a ser los de siempre? ¿Por qué? ¡Esto me caga! ¿Que qué diablos andaba haciendo yo por ahí en la altanoche? Reconociéndome, gastándome la juventud, jugar a las sombras.
Más tarde, unos que ya estaban lejos desde el principio se preguntaron:
-¿Y…?
-Todo bien, ¿no?
-¡De colores!