La ausencia de su imagen en el espejo aquella mañana hizo que Esmeralda se preguntara a dónde se había ido ella misma. Con el paso de los años había transformado su cabello cientos de veces: algunos días en flor, otros en alfombra vieja.
Pero aquel incidente no era producto de la nada. Había pasado los días hundiéndose en un tarro de cerveza y fumándose hasta las uñas. Ninguno de los rincones más hediondos de Tijuana podría negar su presencia alguna noche. Rodeada por el tumulto, sin darse cuenta, se diluyó en el murmullo y en las risas.
Dio unos pasos por su cuarto y luego abrió las cortinas. Afuera estaban unos perros cagando como todos los días, en su banqueta, justo afuera del portón.
¡Pinches perros de mierda!, gritó cuando salió con la escoba. Mientras limpiaba aquello pensaba: no es nada grato salir a recoger la mierda de otros, menos olerla y luego tener que tirarla a la basura. Todos los seres deberían hacerse cargo de su propio excremento sin molestar.
Al regresar a su cuarto encendió el primer cigarrillo del día. Luego puso un disco de no sé qué, de cualquier cosa que le ayudara a recordar dónde había dejado perdido su reflejo. Cuando dieron las once se metió a la regadera y luego se fue al trabajo. Ahí pasó el resto del día frente a la computadora marcando números telefónicos. Como a las tres de la tarde escribió un correo que le envió a sus contactos:
Para: Todos.
Asunto: Pregunta.
Esta mañana me paré frente al espejo y estaba vacío.
¿Alguien me puede decir por qué?
Esmeralda.
Y comenzaron a llegar las respuestas.
Mensaje uno:
A mi me pasó una vez llegando del Turis. ¡Me cagué! Pero luego me fijé bien y ¡sí!, ahí estaba con mi cara de pendejo.
¡Saludos!
Jorge.
Mensaje dos:
Una vez me levanté a media noche porque tenía el estómago revuelto. No dejaba de expulsar pedos. ¿Te acuerdas…? Fue la vez que nos atascamos de tacos en El Francés. Luego de vomitarme, levanté la cara y no estaba. Al menos esa vieja batida, con los ojos rojos y toda greñuda no era yo. ¡La neta no!
¡See ya!
Lolys.
Mensaje tres:
¡Ya no fumes esa madre!
Yo.
Mensaje cuatro:
“Si amas algo, déjalo libre. Si regresa a ti, es tuyo. Si no, nunca lo fue.”
Manda este correo a diez personas antes de un minuto si quieres volver a ver tu puta imagen.
Maggy.
Mensaje cinco:
¡Ya ponte a trabajar pinche Esmeralda!
Nos vemos el viernes.
El Meño.
Mensaje seis:
Amiga: Mmm… me preocupas, ¿hace cuánto que dejaste la terapia?
Busca ayuda.
Miriam.
Mensaje siete:
¡No mames!
Charly.
Entonces cerró el correo. Apagó las luces y salió de su oficina. Se subió en chinga al carro y le metió pata al acelerador. Iba en putiza por la Internacional. Cambió a cuarta llegando a las lomitas para que no se le arranara el carro. Iba rebasando. Luego sacó el “cloch” y se fue de pura viada hasta el crucero de Playas. Estacionó el Toyota y se compró un vaso de elote con queso.
Se quedó sentada en el Malecón observando silenciosa la puesta de sol y las bolsas de Sabritas que flotaban en la playa. Al fondo se escuchaban los batucas con su desmadre, del otro lado estaban unos niños todos mojadas en calzones y cubiertos de arena. Más allá, El Bordo, ese muro metálico que pusieron los pinches gringos para complicarnos la vida.
Sumida en un cafecito del Latitud 32 recordó su infancia y aquella única tarde que su papá la llevó a la playa. Se acordó de los delfines y de la fuerza de una ola que la arrastró hasta la orilla, con todo y su salvavidas de pato. También de su trajecito de baño verde y de los calzones rositas que le colgaban por las nalgas.
En un ataque de nostalgia se le escapó una lágrima cuando cruzó por su mente la cara de Sergio. Era inevitable recordarlo frente al mar, metiéndose a las olas en puros boxers. Se acordó del beso aquel que le dio la última noche que estuvo en su casa, de todas las pendejadas que habían hecho juntos y de los absurdos que los habían separado.
Mientras daba vueltas a su café sacudió ese montón de cosas que había soñado cuando tenía veinte años. El airecito que hace en Playas, cuando se está metiendo el sol, le hizo sentir ganas de orinar. Entonces se levantó al baño, se bajó el pantalón y dejó salir ese líquido caliente. Luego se puso de pie y ahí, frente a ella, en ese espejo, estaba su rostro. ¡Sí, era ella! ¡Era Esmeralda treinta y dos años después!