Ayer estuve platicando con una persona de quien aprendí mucho, alguien a quien solía escuchar con cariño y hasta podría decir que con admiración por su insaciable deseo de compartirlo todo porque sí. Cuando le pregunté sobre el origen de la certeza de sus palabras y por su nuevo tono de gente seria me respondió: “No lo sé y no sé nada. Nomás lo digo por si te sirve”. Levantó un hombro y se quedó viendo las nalgas de una morrita que salió del baño, como si no le importara lo que yo hiciera con sus ideas, ni lo que me hacían sentir. Y como siempre me quedé pensando.
No era la misma con quien había compartido los amaneceres de otros días -esos fantásticos segundos cuando los rayos del sol coronaban las últimas frases de la noche. Con la mirada traté de descubrir su rostro en busca de un indicio para convencerme de que sí era aquella. Pero, sus facciones se habían endurecido, su mirada se había vuelto fría y de sus mejillas chapeteadas no quedaba mucho. No había huella de esas otras palabras que me esperanzaban, que me ayudaron a conocerme y a desear ser la hacedora de todas las cosas que ahora emprendo y disfruto.
“Por puro gozo”, le contesté cuando quiso saber por qué escribo y luego cruzó los brazos. Le pude haber dado otras razones, pero mis respuestas topaban con los muros altos que hoy la circundan. Preferí el silencio. Dije demasiado. Continuó haciéndome preguntas para elaborar su diagnóstico de especialista en nada. Así estuvo un rato articulando sonidos que inundaban la mesa y que me rodeaban sin penetrarme o acariciarme siquiera. El único mensaje que pude descifrar fue: no te acerques.
Le fui dando pequeños tragos a mi taza de café hasta vaciarla y comencé a preocuparme por el reloj cuando me convencí de que aquella luz se había extinguido. What a waiste of time!, pensé cuando nos alejamos. Y atravesé la avenida.