Son las tres y media, es de madrugada. La gente decente duerme, también la que trabaja y cumple con un horario de siete a cinco. No, yo no pertenezco a ninguna de estas categorías y quizá por eso llaman tanto mi atención.
Ayer bebí sólo un poco de café antes de llegar a mi computadora como cada noche. Lo tomé en la escuela, saliendo de la clase. Eran las seis de la tarde. Encendí un cigarro y lo fumé mientras caminaba por la universidad, donde por cierto ahora fuman menos que en el noventa y ocho cuando terminé la carrera. No me importa. Fumo cada vez que me place: cuando camino o tomo café, después de comer, a la hora de una buena conversación, con una cerveza, luego de llorar y, cuando se puede, después de una dosis de placer.
Casi es septiembre. La lluvia y el calor no me dejarán dormir. Pero, en Tijuana no llueve y menos en el verano, hablaba de otro septiembre que está bajo mi piel.
Hace dos años que llegué a la colonia Olivares, en Hermosillo. Dormía poco y sola como hoy. ¡Pinchi Olivares tan Distante! Allá comencé a escribir en una libreta que siempre tenía junto a mis libros. Leo usualmente de noche por mil razones. De entonces acá aprendí dos lecciones fundamentales: la primera fue no extrañarás; y la segunda, no te preocuparás por lo que no ha sucedido.
Qué casualidad, me preguntaron por él esta tarde. La sonrisa se hizo de mi boca, pero no lo pronuncié. Todo está bien, respondí. Cuando la preguntona ya no estaba repetí su nombre mil veces en mi cabeza y en ese instante llamó. Es absurdo, cada vez que me propongo desaparecerlo se asomas de alguna manera. No inventó: llama, escribe, envía mensajes. Siempre da señales que hasta hoy he interpretado como buenos augurios.
Mi madre me mira. Adivina, pero no pregunta; me abraza, de nuevo me alimenta. Qué bonita eres, me dice muy orgullosa. Nos vemos. Sonreímos.
Tras el desayuno me la paso en el patio recogiendo y tirando cosas, reviso las plantas y acomodo las macetas en distintas versiones. Después me rió sola en mi cuarto pensando en todas las cosas que hago sin que se entere nadie porque son en verdad ridículas. Si premiaran por perder el tiempo…
He comenzado a avanzar hacia una imagen sin detenerme. En cuanto a él, sólo en su caso, a no esperar mucho, muy poco, nada y todo lo demás. Mi apuesta siempre ha estado con aquello que parece irrealizable, pero dejaré de lado algunos imposibles imposibles, aun cuando me provoquen una felicidad inexplicable.
Estoy leyendo como adicta a las palabras y sus mundos comprimidos. No me preguntes, tengo pésima memoria para los datos exactos y las referencias completas. Cargo una libreta para anotar los detalles. Las ideas no, esas las recuerdo cuando son claras y me dicen algo más que sinsentidos. Recojo sólo aquello que me es útil para comprender(me). ¿Has olvidado que soy una egoísta? Selfish García, ¿que tal?. Deseo otras cosas y traigo una montaña de arrebatos.
¡Ah mi desorden! Hago tantas cosas al mismo tiempo, sin embargo me acuesto cada noche en el mismo lugar, ahí donde desperté justo en la mañana: ir a la cama es un deja vu: me muevo en círculos. Te digo, pequeñeces que nadie sabe. Me da miedo transformarme en Mariana, esa la de mi cuento, una que decidió quedarse encerrada en su habitación hasta que echó raíces. Su historia tiene un final incierto que no quiero averiguar.
Son las cuatro con cincuenta y siete. La gente comienza a levantarse, a abrir las rejas y a encender motores. En esta ciudad se vive mejor, es cierto, pero se duerme poco y se trabaja todo el día. Se habla casi de nada por el cansancio, por el deseo de dormir y por la falta de silencio.
Tengo sueño. He decidido no preguntarle nada.




