Thursday, January 3, 2008

El aeropuerto de Minos


Hace meses que recorro este aeropuerto, mi vida está en sus pasillos. Disfruto su longitud y la sensación de su loseta; su aroma a sudor, comida y limpiadores; sus murmullos en varios tonos, como la piel de mis acompañantes; da lo mismo andar en cualquiera de sus sentidos, me deslizo. Frente a mi las espaldas, detrás el sonido de los pasos, mis pies mudos.

Left, right, wait, go, stop, go.
Stop.
Me and my body, this maple eyes.
Solitude.

Usualmente compro un café, me instalo frente a la ventana, observo y escribo. La gente parece aturdida, corre en todas direcciones, grita, sonríe y llora; revisa sus boletos y ve constantemente su reloj, como si en verdad supiera hacia donde se dirige. Algunos días envidio su certeza. Mientras me pregunto si esta sala es de llegada o de salida, me siento en casa. Desde ya floto.
 
He concluido que volar es un acto que requiere mucha energía y una pista de aterrizaje-lanzamiento. Mucha es una cantidad imprecisa que depende de la distancia por recorrer. Veo despegar los aviones, descargar las maletas.
 
He concluido que volar es un acto que requiere mucha energía y una pista de aterrizaje-lanzamiento. Mucha es una cantidad imprecisa que depende de la distancia por recorrer. Veo despegar los aviones, descargar las maletas.
 
He concluido que volar es un acto que requiere mucha energía.
 
Busco un hilo de Ariadna…
una pista…

 


El aeropuerto y Mariana

Al final del pasillo estaba Mariana, la encontré hecha bolita debajo las bancas que están hasta el fondo. Cuando me acerqué me vio con desconfianza y no habló. Su mirada era una lanza que protegía su tristeza por mi descuido. Una mañana la dejé sentada cuidando el equipaje y me fui, olvidé que habíamos viajado juntas desde el día que nació. La novedad se hizo de mí desde el momento en que me abroché el cinturón, el mundo es tan chiquito desde allá arriba… El deseo y la curiosidad anidaron en mis ojos, no la extrañé… aprendí esa lección macabra en uno de mis viajes.

Desde anoche estamos sentadas viendo despegar los aviones. No ha pronunciado palabra alguna, ni me mira, pero sigue aquí. Me hizo seguirla hasta llegar a una bodega donde tuvo guardadas las maletas durante estos meses. Yo he traído algunas otras y ahora tenemos más de treinta.
Ella parece haber crecido. En un principio pensé que de nuevo era una niña, pero al sentir su presencia silenciosa a mi lado he descubierto que este abandono la hizo fuerte, quizá físicamente delgada, pero el tamaño de su furia me demuestra su avanzada edad. Sigue buscando las palabras justas para comunicarse conmigo sin maldecirme: siento su tristeza, no puedo dejar de llorar.
 

¾Te extraño ¾me dice finalmente. Ella es así, aparentemente simple. Sabe que la línea recta es la más corta entre dos puntos. Es mi equilibrio. Yo doy vueltas alrededor del mundo mientras giro sobre mi propio eje. Estuve demasiadas horas en este sitio hasta que perdí el interés por salir. Ahora me pregunto dónde están las puertas y hablo sola.
 

¾Sígueme, conozco la salida ¾me mira y comienza a organizar el regreso. 
 

¾Quiero volver a casa ¾le digo y mis ojos se prenden de los aviones. Mis pies se despiden de los pasillos y avanzo a tropezones, con pasos lentos, jalados por la fuerza de gravedad hacia la tierra: dos piedras que aprenderán de nuevo.
 

¾La próxima vez viajaremos juntas ¾asegura. Caminamos y pedimos ayuda para cargar nuestro equipaje. 
 

Al pasar frente a las puertas de cristal del aeropuerto veo el reflejo de Mariana y descubro que es una hermosa mujer que lleva a una niña tomada de la mano.

 

Posted by Miriam García at 08:13:05 | Permalink | Comments (4)

Friday, December 28, 2007

El mar

Me enseñaron a nadar cuando tenía seis años. Los veranos eran frente al mar con el sol dorado. Pronto descubrí que sus aguas eran mías.
 
Las primeras olas fueron suaves caricias humedades: mi piel nueva. Era la arena comiéndose los dedos de mis pies.
 
Cada verano él era más hondo y yo más grande. Aprendí a lanzarme a través de olas gigantes: fui un delfín.
 
Su oleaje se tornó violento con los años, me tragaba y luego me escupía en la orilla. Insistí hasta sumergirme en sus abismos.
 
Mi transformación en agua tuvo su inicio en mis ojos. Ahora soy el peso de una ola arrastrando el cuerpo de una niña hacia la profundidad.

  

Posted by Miriam García at 21:03:40 | Permalink | No Comments »

sin título

 

De ausencia

 
¿Puede uno enfermarse de ausencia?, ¿regresar?. 

Regresar… Pensé que había vuelto, tal vez ése fue el problema.
 
Dice mi madre que los que se van no regresan, que otros son los que llegan ocupando sus cuerpos, porque mundos nuevos se instalan en sus ojos y eso provoca un cambio en las sustancias que lo hacer ser a uno. Ella lo vio muchas veces en su pueblo cuando era niña: algo era distinto en los hombres que se iban al norte: los extrañaron siempre, como a su padre. ¿Será que uno va quedándose en sus pasos?, ¿qué nuestro pedazo de vida se transforma con el tiempo, sobre todo cuando se aleja del lugar donde le enterraron el ombligo?. Algo cambió en mí durante ese largo viaje por el desierto. El desierto…
 
La principal ausencia ha sido la mía. No sé dónde he estado y soy incapaz de comprender qué sucedió con mi tiempo. Desperté de golpe: caí en seco desde el cielo al lado de una fuente donde Ell me esperaba. Cuando abrí los ojos vi con horror que mi caída provocó su muerte. Después me enteré que tenía los brazos abiertos e intentaba atraparme, pero mi cuerpo cayó con tanta fuerza… Alcancé a contemplar su tristeza y he estado como muerta desde ese día, ahora son mis brazos los que aprietan el vacío.
 
¿Puede uno aliviarse de ausencia? No lo sé, todavía. Empezaré por decirle a Miriam que cambió, sólo eso, y que Ell murió porque la amaba. Tendré que aceptarlo y despedirme sin más remedio. Después procuraré el silencio y atenderé al sonido de mis palpitaciones para descubrir qué dice, qué quiere y cómo va a vivir en libertad mi corazón. (Libertad… ¿qué podré construir contigo?) La ausencia duele, pero mi padrino dice que nadie muere en la víspera, que recuerde quien soy y así encontraré el remedio.
 
 
 
 

Récord
 
No puedo estar por mucho tiempo en el mismo sitio, ni esperar demasiado. Mucho tiempo es la medida que indica el momento de empezar a hacer otra cosa porque ya no aprenderé nada más o porque las cosas han dejado de latir: me cansan. Mi récord son seis años en el mismo trabajo. 


 
 

Hombre dormido
 
Te escribo desde el baño, para ser precisa, desde la taza, donde finalmente me liberé de esta mierda. Ahora gozo el placer de mi recto vacío. Vine a dar aquí tras un dolor abdominal y una contracción en el área baja de las nalgas que sentí justo cuando caminaba en este sitio, donde nos perdimos una noche gracias al silencio, la distancia y por fin la ausencia. Recordé el cansancio que me provocó verte colgado en una sonrisa que no formaba parte de mi boca. Siempre te pienso en color magenta, en imágenes con muy poca luz y en el humo del cigarro, y a veces cuando veo cosas muertas o sangre, lágrimas que se niegan a escurrir, manzanas con hoyos de gusanos, pienso tu nombre. 
 
 
 

Sangro, como llamándote bestia

 
Aquí, del lado izquierdo, desde hace meses, duele. Dicen que es una herida breve, que sanará, que pasará como todo lo demás; que tú, el peor de todos, que nada es cierto tratándose de ti. Sólo sé que no dejo de sangrar, que el verano estuvo lleno de luz y terminó oscurecido por la muerte: dolió, algo perdí, y estuve sola de nuevo con esa enfermera repitiendo que me aleje de los monstruos que pisan los pies de las mujeres.
 
 

Posted by Miriam García at 02:47:35 | Permalink | No Comments »

Tuesday, September 11, 2007

El abrazo

Te encontré de rodillas en el jardín, pero estabas en la casa vieja, aquella donde nos cuidabas junto al río: mirabas el cielo preocupada. Sin pensarlo me lancé sobre tu cuerpo, me llené de tu aroma de flores y tierra fresca: me hundí en tus brazos de refugio como siempre. Tus canas liberadas de sus trenzas, tu vestido de seda gris con sus líneas de plata y el nudo de tus medias amarrado justo detrás de las rodillas me hicieron feliz.

¿Por qué no regresas?, te pregunté. Te extrañamos mucho: ¡vuelve! Ahora duermo en tu cuarto y lo he arreglado tan bonito. No te apures, sobre la pared quedaron  la Dolorosa, el Sagrado Corazón,  La Trinidad de tu pueblo y el crucifijo que era de tu madre. Te fui contando las cosas que han sucedido y  te me quedaste viendo sin pronunciar palabra.

El tiempo comenzó a desdoblarse en mi cabeza: ¿cómo podría vivir en tu cuarto si estuvieras aquí? Me prendí de tus ojos y me abrazaste fuerte en ese instante, muy fuerte, y sentí el calor de tu cuerpo junto al mío, tus labios chiquitos y arrugados en mi mejilla.  Al fondo, comencé a escuchar el sonido que hacen las hojas secas que han caído del guayabo, al estrellarse unas con otras cuando las arrastra un remolino, y giran lentamente en el patio, hasta convertirse en polvo, igual que tú.


 

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Friday, August 24, 2007

El Ceniciento

      

El Ceniciento sale por la mañana con su disfraz de hombre. El día lo va dejando sin ropajes y lo transforma en una especie de bestia cansada. Regresa a media noche a la casa tratando de andar derecho. Se sacude los pies antes de atravesar la puerta dando tremendos pisotones en el tapete de welcome y avienta la morralla sobre la mesita que está junto a la entrada. Adentro el calor se aplaca con los ventiladores. Ve de reojo la habitación y parece limpia, por lo menos ordenada según su criterio particular. Vive solo, bueno, casi solo. Diría que tiene un perro, pero no. Podría decir lo mismo de su casa, que casi la tiene, pero tampoco.

    

Tiene hambre, deseo, pero sueño. Medio come, casi se encuera y se acaricia, eso sí, hasta el final. Prende un cigarrillo, lo fuma un poco y lo apaga sin terminar. La cerveza sí, esa se la termina y va por otra. La noche es larga, porque no duerme, apenas cierra los ojos. Cuando comienza a hundirse en el colchón la luz del sol le roba el sueño. Se levanta temprano a trabajar. Lleva puesto su vestuario. 

   

(Cuando está en casa parece concentrado, tranquilo, entero, feliz. Se deja de ropas y escribe. Se asoma a ventanas que dan hacia otras casas, donde otros cenicientos escriben también de noche y se asoman a otras ventanas. Algunas melodías le endulzan los oídos y las silva cuando cree que no lo escuchan, las disfruta cuando en la barra descubre a otro ser silvando. Se pintan sonrisas de complicidad.)

  

(Quisiera poder decir lo que pasa cuando estamos juntos, que entiendo y que lo sé porque a veces estoy, pero no, no es cierto).

                                                                                                

Posted by Miriam García at 23:58:08 | Permalink | No Comments »

Friday, August 3, 2007

El piromaniaco

Ayer hubo un incendio en mi casa. Tuvieron que venir los bomberos a apagarlo. Al final me dijeron que había sido obra de un experto. Deduje que fuiste tú. Quién más hábil para iniciar hogueras por puro gusto. El placer del fuego te persigue. Así lo deduje luego de escuchar alguna vez tus confesiones de medianoche. El gozo desaparece frente los cuerpos oxidados por las llamas. No hay disfrute en las cenizas. Supongo que estuviste cerca observando mientras se consumía lo mío. Cuando la luz roja se extinguió ya planeabas el siguiente atentado sobre una casa nueva, abandonada o de poco uso. Puedo incluso imaginar el sonido de tus pasos estrellándose contra el asfalto al marcharte. Tu nariz olfateando entre las privadas. Comienzo a buscar lo rescatable entre los escombros. No hay bolsas de hule suficientes, ni tan grandes para lo perdido. Observo el desastre desde la puerta. Aprieto un encendedor con la mano.

 

Posted by Miriam García at 08:15:39 | Permalink | Comments (2)

Thursday, June 28, 2007

..:: Los pasos de un perro ::..

I

-¡Cállate!- gritó un hombre en el pasillo y rompió el silencio de la noche. Después el llanto de una mujer atravesó las cobijas, las fotografías, los muros y llegó hasta la mesa de Camila en el departamento del fondo.

-No te entiendo…- le dijo ella, con voz entera, sin quebrarse, sin gritar… sin reclamo. Era una declaración, la frase final de su historia escapándose por un breve orificio.

-¡Duérmete!- contestó él, como si ahogando las palabras en la almohada lo evitara todo.

La quietud reclamó su lugar en la madrugada y se escucharon los pasos de un perro estrellándose en los charcos que había dejado la lluvia, su lengua en el agua y sus pisadas alejándose. De nuevo el canto de los grillos en septiembre.

II

Hace horas que Camila se fumó el último de los cigarros y son las tres de la mañana. Busca en el cenicero y después en la basura una colilla que le resuelva el inconveniente. Ha perdido el sueño. Su cama está en otra parte. Con las horas se descubre absurda y delirante: escribe las líneas de un texto que titula “Sobre Gael García y los jóvenes mexicanos, sus sueños y sus posibilidades”. Al fin encuentra una bacha, la prende y comienza a salir el sol.

III

Esta mañana vio a la mujer que lloraba anoche bajando por la escalera. Su paso era apresurado. Su mirada iba hundida en la punta de sus zapatos de tacón. Él bajó después, se subió al carro y le quitó el seguro a la puerta para que ella entrara. Parecían haberse reconocido al fin como dos extraños abrazados por la indolencia. Ella observaba a través del cristal hacia la nada. Él encendió el carro. Se fueron juntos pese a la noche.

IV

Camila se levantó de su escritorio llena de sueño. Un aire cargado de calor y de humedad la acompañó hasta su cuarto. Ahí dejó por fin caer su cuerpo y entre las sábanas se enfrentó con el peso de su propia soledad.

 

Septiembre de 2005.

 

Posted by Miriam García at 04:53:51 | Permalink | No Comments »

Thursday, June 21, 2007

Sin evidencias

Mañana me arrancan una uña. La más pequeña de todas. Me crecerá una nueva, ahí en el mismo sitio. Murió. La pisó un monstruo en un crucero. Ocurrió accidentalmente. Su tamaño me impactó. Alzaba los ojos para verlo completo entre tanta gente que atravesaba la calle. Dejé mi pie ahí, con su chancla. Él ni me vio, iba de prisa. Su cuerpo por un instante en el más breve de mis dedos bastó para conocer el peso del mundo cayendo sobre mi. Me brotó una lágrima. Seguí caminando para no llamar la atención. Me fui de la escena velozmente para ocultar el aplastamiento recién vivido. Entré a una farmacia y pedí una caja de aspirinas. Se te va a caer, me dijo el vendedor. Una semana después el dolor era insoportable. El doctor de las uñas me informó que no había más remedio que extirpar. Tuviste suerte, me dijo. ¿Qué tal que te cae encima realmente? Me mata, le contesté. No hay moraleja.

Posted by Miriam García at 08:18:02 | Permalink | Comments (2)

Saturday, June 9, 2007

El camarógrafo

Este día se levantó temprano y volteó a ver los senos descubiertos de la mujer que dormía en su cama. Perseguido por el delirio de la noche salió de la regadera y luego se tomó un café. “Ahí nos vemos”, le dijo y se fue en su carro dispuesto a enfrentar el tráfico. En los semáforos recordaba la imagen de aquellos excitantes pechos blancos coronados por el color rosa. “Fotos por encargo”, con letras blancas. “Ordene aquí sus fotos por encargo”, en lona amarilla. “Gran promoción de fotos por encargo”, en espectacular de lucecitas prende-apaga. En la calle todos los anuncios dicen lo mismo. El fotógrafo sin talento para decir lo que piensa, sin valor para expresar lo que trae adentro, se siente vigilado por la misma foto: aquella de un personaje sin brillo propio.

En su escritorio, en la mesa de la fondita, haciendo fila para pagar la luz, en el mercado o en la gosolinería, le es imposible dejar de grabar imágenes en su cabeza: de los niños corriendo, del eterno vendedor de relojes, de la mujer masculina, del señor cansado, del vagabundo con su maletincito y aquella de la señora que cocina para otros. No puede evitar observar las  risas, las arrugas, las manos callosas, la basura, los edificios viejos, la luz filtrándose bajo cualquier pretexto por los orificios, las minifaldas y las pestañas. Pero siempre toma esa foto encomendada.

Hace algún tiempo que decidió casarse con su resignación porque ni siquiera se consideraba un fotógrafo, sino un simple un tirador de disparos con una cámara. Sin embargo, en él viven inexplorados tantos talentos como miedos: miedo a recordar, miedo a llorar y quizá miedo a cambiar de rumbo. Tranquilo, él baila frente al volante, truena los dedos y le sonríe a la morrita que lo observa en el auto de al lado. Canta. Va silbando la melodía del momento. Llega a su destino donde lo espera la representación de un personaje eterno. Clic. Clic. Clic. Flash. “No se muevan por favor. A ver… ahora tómense de las manos”. Clic. “Sonrían para la cámara… ¡Eso es! Una más y…” Clic. “¡Listo!”

Al final del día regresa a su casa, después de las siete y media como siempre. Prende la televisión, bebe algunas cervezas y deja escapar un par de carcajadas, luego como a las once da un salto mortal en la cama y sin querer golpea a su mujer (en la cara, en los pechos y en las costillas). Esta noche se acuesta cansado y pensativo (con la mano de disparar vendada). Voltea su cuerpo hacia la pared e intenta llorar sin conseguirlo, entonces cambia de rollo y en un acertado ¡Clic! se duerme.

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Wednesday, May 30, 2007

..:: sepa… ::..

Cuando voy de visita y el dueño está en la casa no puedo orinar, no puedo. Hace algún tiempo me pasó en otro lugar. En aquella ocasión lo logré tras un par de días. Esta mañana se me volvió a cohibir. Hoy estuve ahí sentada sobre la taza como quince minutos tratando de que mi vejiga se liberara de aquella cosa que me inflamaba el vientre. Entonces me dio por hablar sola, éramos ella y yo en pleno debate. Cosas de mujeres,  pensé, y me di por vencida. Más tarde en mi escuela sentí unas ganas desesperadas y corrí al baño de la biblioteca. En cuanto me senté comencé a orinar y a llorar también sepa por qué.
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