El aeropuerto de Minos
Hace meses que recorro este aeropuerto, mi vida está en sus pasillos. Disfruto su longitud y la sensación de su loseta; su aroma a sudor, comida y limpiadores; sus murmullos en varios tonos, como la piel de mis acompañantes; da lo mismo andar en cualquiera de sus sentidos, me deslizo. Frente a mi las espaldas, detrás el sonido de los pasos, mis pies mudos.
Left, right, wait, go, stop, go.
Stop.
Me and my body, this maple eyes.
Solitude.
Usualmente compro un café, me instalo frente a la ventana, observo y escribo. La gente parece aturdida, corre en todas direcciones, grita, sonríe y llora; revisa sus boletos y ve constantemente su reloj, como si en verdad supiera hacia donde se dirige. Algunos días envidio su certeza. Mientras me pregunto si esta sala es de llegada o de salida, me siento en casa. Desde ya floto.
He concluido que volar es un acto que requiere mucha energía y una pista de aterrizaje-lanzamiento. Mucha es una cantidad imprecisa que depende de la distancia por recorrer. Veo despegar los aviones, descargar las maletas.
He concluido que volar es un acto que requiere mucha energía y una pista de aterrizaje-lanzamiento. Mucha es una cantidad imprecisa que depende de la distancia por recorrer. Veo despegar los aviones, descargar las maletas.
He concluido que volar es un acto que requiere mucha energía.
Busco un hilo de Ariadna… una pista…
El aeropuerto y Mariana
Al final del pasillo estaba Mariana, la encontré hecha bolita debajo las bancas que están hasta el fondo. Cuando me acerqué me vio con desconfianza y no habló. Su mirada era una lanza que protegía su tristeza por mi descuido. Una mañana la dejé sentada cuidando el equipaje y me fui, olvidé que habíamos viajado juntas desde el día que nació. La novedad se hizo de mí desde el momento en que me abroché el cinturón, el mundo es tan chiquito desde allá arriba… El deseo y la curiosidad anidaron en mis ojos, no la extrañé… aprendí esa lección macabra en uno de mis viajes.
Desde anoche estamos sentadas viendo despegar los aviones. No ha pronunciado palabra alguna, ni me mira, pero sigue aquí. Me hizo seguirla hasta llegar a una bodega donde tuvo guardadas las maletas durante estos meses. Yo he traído algunas otras y ahora tenemos más de treinta. Ella parece haber crecido. En un principio pensé que de nuevo era una niña, pero al sentir su presencia silenciosa a mi lado he descubierto que este abandono la hizo fuerte, quizá físicamente delgada, pero el tamaño de su furia me demuestra su avanzada edad. Sigue buscando las palabras justas para comunicarse conmigo sin maldecirme: siento su tristeza, no puedo dejar de llorar.
¾Te extraño ¾me dice finalmente. Ella es así, aparentemente simple. Sabe que la línea recta es la más corta entre dos puntos. Es mi equilibrio. Yo doy vueltas alrededor del mundo mientras giro sobre mi propio eje. Estuve demasiadas horas en este sitio hasta que perdí el interés por salir. Ahora me pregunto dónde están las puertas y hablo sola.
¾Sígueme, conozco la salida ¾me mira y comienza a organizar el regreso.
¾Quiero volver a casa ¾le digo y mis ojos se prenden de los aviones. Mis pies se despiden de los pasillos y avanzo a tropezones, con pasos lentos, jalados por la fuerza de gravedad hacia la tierra: dos piedras que aprenderán de nuevo.
¾La próxima vez viajaremos juntas ¾asegura. Caminamos y pedimos ayuda para cargar nuestro equipaje.
Al pasar frente a las puertas de cristal del aeropuerto veo el reflejo de Mariana y descubro que es una hermosa mujer que lleva a una niña tomada de la mano.