Guardar objetos de poco uso es una tradición que se práctica en varias familias. No me atrevo a catalogarla como una costumbre de la frontera, porque no tengo evidencia alguna para tal afirmación. Más bien intuyo, así, de pura experiencia, que ocurre en muchos lugares de México.
Según me han platicado quienes guardan cosas, es indispensable no deshacerse de nada porque algún día pueden llegar necesitarse. Lo que he visto hasta hoy es que entre la torre de cosas apiladas en total desorden difícilmente puede encontrarse ese algo maravilloso que un día servirá para un asunto importante, importantísimo, y que ahorrará mucho dinero.
Mis abuelas decían que guardarlo todo era necesario para no tener que comprarlo otra vez. Tenían varias cajas llenas de artículos que fueron a dar a la basura el mismo día en que murieron. Otra viejita, que vivió aquí junto, también guardó cuanto pudo en cientos de cajas que llenaban su cuarto, la sala, la cocina. Cuando murió encontramos casi todo en sus empaques originales, objetos que jamás utilizó, pero que acumuló por décadas para ese día en que con toda seguridad la sacarían de un apuro. Fue una verdadera lástima ver todo aquello rellenar varias bolsas de plástico que fueron a parar directamente al basurero municipal.
Mis tías y mi mamá coinciden en que la gente de “ahora” no valora nada, que tenemos la cultura de lo desechable, que somos consumistas a morir y que estamos llenando el mundo de basura. También dicen que no sabemos de aquellos tiempos en que la gente era pobre pobre y que no había dinero para andar con derroches, porque tampoco había mucho que comprar en las tiendas. Tal vez.
Yo pienso que la gente que guarda cosas y cosas, que utiliza una vez en la vida, que le estorban en el camino a su cuarto y a su cama, es aquella que ha perdido mucho, que teme olvidar, que no logra llenar sus vacíos con nada. Eso pienso.





tijuana, 2007