gandarita s.a.

el cota, eli, miriam, selene, miguel y pamela,
mis queridos cómplices en hermosillo: la miriam los extraña.

Esta noche se entrega al silencio. Escucha y calla. No distingue el tono, no sigue el ritmo, no entiende. Demasiado ruido, mensajes distorsionados. Nada explica. (Aquí todo es basura cuando hablamos de nosotros, del futuro). Ella se cansa. Se forma a partir de la
r u p t u r a
El amor se gasta. A esta hora no tiene sentido. Lo envió por correo en pequeñas cajas a domicilios equivocados. Ella está cerrada. Pone candados (donde antes flores). Abre otra puerta. Camina sobre el puente tendido frente a sus pies. Busca otra orilla.
Encuentra una voz propia. Agitada. Las preguntas son la descarga de un puño en la nariz. Escribe sobre lo que está fuera de. Las cosas importantes. Está cansada pero…
Apuesta a lo imposible desde que recuerda. Desconfía de los trazos sobre el papel, de quienes planean ciudades dentro de una oficina en el tercer piso [aun cuando sus ventanas sean demasiado grandes]. Ella piensa. Otra Realidad se teje en la calle, en la ciudad y sus murmullos, en los rostros, en la tierra. Voltea. Un Caracol la persigue. Observa su constancia y su velocidad, su rastro humedecido; las hojas que desaparecen a su paso. Se pregunta si tendrá tiempo suficiente para…
Ella duda. [¿Alguien más?] Espera algo. No teme a las cosas que se rompen. Tiene cicatrices en los dedos, en las cejas, en el vientre, en la espalda, en el pezón izquierdo, en las rodillas.
[La ruptura asoma un nuevo inicio; el final de la ruta hacia este punto.]
Esta mañana ella salió rumbo al trabajo, iba de prisa para llegar a tiempo. En el taxi se dio cuenta de que había olvidado su cartera y le pidió al chofer que la dejara en la siguiente esquina. Era temprano, una calle poco transitada, el Centro. Caminaba rápido para volver a casa.
Él detuvo su auto junto a ella. Bajó corriendo de la camioneta. La tomó de frente con la fuerza de sus dos brazos de bestia gigante negra y la levantó. Abrió la puerta trasera y la lanzó dentro.
Sus piernas quedaron fuera, la puerta se estrelló en sus rodillas y eso sirvió para patearlo, para evitar que la puerta cerrada hiciera de ella un silencio. Su cuerpo femenino entrenado en recibir ataques masculinos le dio muchos golpes. Sus brazos no alcanzaron a cansarse.
El semáforo cambió de rojo a verde a rojo. Comenzaron a pitar los carros, a notar un auto detenido con la puerta abierta, las piernas de una mujer bailando en el aire y el cuerpo de un monstruo tendido sobre ella. Entonces furioso la jaló de los cabellos y de los brazos hasta azotarla en la banqueta. Se fue.
Un joven quiso ayudarla y ella sintió que todos, cualquiera, todos, cualquiera, podría ser el siguiente. Corrió. Llamó a casa.
Contesté.
Estoy emputada. A veces olvido lo esencial. Son mis hermanas.
¿Hasta cuándo van a aprender a respetarnos?
….
el diablo
Anoche el diablo estaba en el clóset. Bufaba dentro de ese mueble. Su exhalación lo cimbraba todo con tal fuerza que de golpe abrió las puertas. Me veía. Me llamaba por mi nombre: M i r i a m. Yo me quedé acostada: inmóvil. Apenas respiraba: muda. Me envolvió un calor insoportable surgido directamente del infierno. Él era de un humo blanco emergiendo de la noche en donde mostraba imágenes de mujeres desnudas, colgadas por la espalda y sujetas de un gancho pendiente del techo. Estaban vivas. Gritaban. Su rostro era desfigurado. Su cuerpo un lamento. Me miraban. Él observaba. No hay peor tormento que saberlas sufrir de tal manera. Desperté bañadita en llanto. ¿Dónde están mis hermanas?
..:: cero ::..
celebro el regreso de la mejor sonrisacarcajada. También la mirada clara, franca y prudente de un buen hombre. Las agradezco. Las abrazo fuerte.
¿Qué más lograré recuperar tras este incendio desastroso que yo misma he provocado?
…
Es curioso descubrir que aquel horrible día cuando la sonrisa enmudeció, un beso innesperado y largo surgió de la nada y que hoy, cuando vuelve, el beso termina por convertirse en un amistoso apretón de manos.
Son las tres y media, es de madrugada. La gente decente duerme, también la que trabaja y cumple con un horario de siete a cinco. No, yo no pertenezco a ninguna de estas categorías y quizá por eso llaman tanto mi atención.
Ayer bebí sólo un poco de café antes de llegar a mi computadora como cada noche. Lo tomé en la escuela, saliendo de la clase. Eran las seis de la tarde. Encendí un cigarro y lo fumé mientras caminaba por la universidad, donde por cierto ahora fuman menos que en el noventa y ocho cuando terminé la carrera. No me importa. Fumo cada vez que me place: cuando camino o tomo café, después de comer, a la hora de una buena conversación, con una cerveza, luego de llorar y, cuando se puede, después de una dosis de placer.
Casi es septiembre. La lluvia y el calor no me dejarán dormir. Pero, en Tijuana no llueve y menos en el verano, hablaba de otro septiembre que está bajo mi piel.
Hace dos años que llegué a la colonia Olivares, en Hermosillo. Dormía poco y sola como hoy. ¡Pinchi Olivares tan Distante! Allá comencé a escribir en una libreta que siempre tenía junto a mis libros. Leo usualmente de noche por mil razones. De entonces acá aprendí dos lecciones fundamentales: la primera fue no extrañarás; y la segunda, no te preocuparás por lo que no ha sucedido.
Qué casualidad, me preguntaron por él esta tarde. La sonrisa se hizo de mi boca, pero no lo pronuncié. Todo está bien, respondí. Cuando la preguntona ya no estaba repetí su nombre mil veces en mi cabeza y en ese instante llamó. Es absurdo, cada vez que me propongo desaparecerlo se asomas de alguna manera. No inventó: llama, escribe, envía mensajes. Siempre da señales que hasta hoy he interpretado como buenos augurios.
Mi madre me mira. Adivina, pero no pregunta; me abraza, de nuevo me alimenta. Qué bonita eres, me dice muy orgullosa. Nos vemos. Sonreímos.
Tras el desayuno me la paso en el patio recogiendo y tirando cosas, reviso las plantas y acomodo las macetas en distintas versiones. Después me rió sola en mi cuarto pensando en todas las cosas que hago sin que se entere nadie porque son en verdad ridículas. Si premiaran por perder el tiempo…
He comenzado a avanzar hacia una imagen sin detenerme. En cuanto a él, sólo en su caso, a no esperar mucho, muy poco, nada y todo lo demás. Mi apuesta siempre ha estado con aquello que parece irrealizable, pero dejaré de lado algunos imposibles imposibles, aun cuando me provoquen una felicidad inexplicable.
Estoy leyendo como adicta a las palabras y sus mundos comprimidos. No me preguntes, tengo pésima memoria para los datos exactos y las referencias completas. Cargo una libreta para anotar los detalles. Las ideas no, esas las recuerdo cuando son claras y me dicen algo más que sinsentidos. Recojo sólo aquello que me es útil para comprender(me). ¿Has olvidado que soy una egoísta? Selfish García, ¿que tal?. Deseo otras cosas y traigo una montaña de arrebatos.
¡Ah mi desorden! Hago tantas cosas al mismo tiempo, sin embargo me acuesto cada noche en el mismo lugar, ahí donde desperté justo en la mañana: ir a la cama es un deja vu: me muevo en círculos. Te digo, pequeñeces que nadie sabe. Me da miedo transformarme en Mariana, esa la de mi cuento, una que decidió quedarse encerrada en su habitación hasta que echó raíces. Su historia tiene un final incierto que no quiero averiguar.
Son las cuatro con cincuenta y siete. La gente comienza a levantarse, a abrir las rejas y a encender motores. En esta ciudad se vive mejor, es cierto, pero se duerme poco y se trabaja todo el día. Se habla casi de nada por el cansancio, por el deseo de dormir y por la falta de silencio.
Tengo sueño. He decidido no preguntarle nada.
El tiempo está tocando a mi puerta. Volvió, como lo predije la última vez. De nuevo las manos vacías. Nada.
Inclemente se llevará mis noches como pago. Me ha prohibido las letras, las horas de conversación, las distracciones y todolodemás.
Saco mi arco en defensa propia: no vuelvas sin previo aviso, te entrego mi sueño como adelanto. Vete.
Así nos despedimos. Sin más preguntas, sin nada más que decir.
Hoy por la tarde decidí que ya era tiempo de rentar mi casa. Estuve en espera de un trabajo milagroso que me bastara para comprar el carro y pagar la mensualidad. Dios me da elementos para el escepticismo. Vacié las alacenas, metí cuanto cupo en las maletas y puse todo en la cajuela, hasta las plantas.
Mientras hacía eso me di cuenta de que camino volteando hacia atrás y nunca me fijo en lo que está adelante, por eso siempre extraño y muero por regresar. Ahora comprendo las palabras de un amigo a quien quise mucho, diciéndome un día rumbo a Kino que aprendió a no extrañar, a llegar e irse y no extrañar. Y yo le pregunté, ¿cómo lo hiciste? Así, no extraño, me respondió muy convencido. Olvidó, de veras. Ahora entiendo cómo y por qué no extrañar.
Alratito cuando por fin estaba lo imprescindible dentro del carro, me acerqué a la puerta de la casa y le eché llave. Me metí despacio a mi sentrita y encendí el motor. Desde el volante pensé: qué bonita es mi casa, con razón la quise tanto. Me fui diciendo muchas veces: no voy a voltear, no voy a voltear, no voy a voltear.